jueves, 20 de agosto de 2009

las lágrimas

vaya tema. hay lágrimas de todo tipo, catalogarlas podría parecer lugar común, sin embargo, hay tanto que no sé sobre ellas: nunca he sabido, por ejemplo, porqué rompen la voz de las personas, ni sé porque su sabor es distinto si brotan por amargura o por alegría; porqué son más o menos saladas si son de tristeza o de enojo.

pienso en las lágrimas de rabia, esas que casi queman la cara mientras pasan. también están, ¿cómo no?, las lágrimas de película: aquellas que trasladan entre sus gotitas las tristezas de la vida cotidiana, esas que se escapan mientras la música y la belleza de una escena nos conmueven. pienso también en las lágrimas de los libros, que siempre son menos copiosas pero quizás más sinceras.


hoy platicaba con mi novio sobre las no-lágrimas de los hombres mexicanos. ¿de dónde viene esa idea de que los hombres no lloran, si nuestro pasado, el literario al menos, está lleno de héroes que lloran, como el Cid; que lloran a moco tendido, como Amadís de Gaula y de aquellos que lloran sin quitar la cara de guapo como Pedro Infante. nuestros grandes héroes se la pasan echando mano del kleenex con tal naturalidad que resulta incompresible entender el origen de la queja de los padres que condenan la legitimidad de unos lagrimones que no tienen otra función que empañar la vista para dejar de ver el feo raspón que nos acabamos de hacer.


qué bueno que no soy hombre pues, para mí, llorar es una necesidad y una costumbre. lloro de enojo y de acumulación de stress, lloro de acordarme, lloro cuando me asusto y hasta a veces lloro de amor; pero, a veces, cuando es más necesario me las quedo. me las trago, las escondo y luego ya ni las se llorar. te dedico esta entrada por todas las lágrimas que no quise llorar por tí, pensando en que era más valiente aguantarlas dentro de la cara. y también por todas, todísimas las que dejé por ahí: escondidas entre la ropa, entre las sábanas, entre los libros, entre las clases, entre el pasto. son tuyas y mías. dios quiera que cuando ya no estés, en vez de agolparse en la espalda y en los ojos, se evaporen formando una nube. y quiera, quien sea que quiere las cosas que yo quiero, que desde esa nube me cuides.

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